
Hace más de veintidós años, comencé a escribir un diario "intimo" gracias a mi querida Mirak que me regaló el primero de los que años después serían casi 25 libretas y casi 1000 cuartillas en word y contando.


II
He andado muchos caminos,
he abierto muchas veredas;
he navegado en cien mares,
y atracado en cien riberas.
En todas partes he visto
caravanas de tristeza,
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra,
y pedantones al paño
que miran, callan, y piensan
que saben, porque no beben
el vino de las tabernas.
Mala gente que camina
y va apestando la tierra...
Y en todas partes he visto
gentes que danzan o juegan,
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra.
Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan a dónde llegan.
Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja,
y no conocen la prisa
ni aun en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca.
Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos,
descansan bajo la tierra.
Soledades. Antonio Machado
Una de las cosas que me han dado cierto nivel de identidad es el encontrarme en el rostro del otro estando en el extranjero.
Cocinar durante mis viajes me ha ayudado a comprender que el viajero es curioso y que despierta curiosidad. En otros tiempos, viajar era mucho más arduo; por lo tanto los viajeros empedernidos además eran calificados de valientes.
Pero me doy cuenta que es igual de valiente ser un viajero varado en su lugar de origen o en algún otro puerto. Y también está el hombre sencillo que no viaja, pero que vive feliz en su mundo interior, sin que la intromisión del otro le afecte. Sólo los hombres sencillos no se sienten afectados por nadie.
Pero otros no tenemos tanta sabiduría y necesitamos salir al mundo para sabernos humanos.
Porque al cambiar el punto de vista después de usar las veredas, el viajero reconoce que su identidad no se encuentra en su bandera o en su pasaporte, sino en su corazón.
La primera vez que pensé en eso fue a principios de los 80’s.
Mi abuela daba alojamiento a estudiantes y becarios chinos inscritos en programas de intercambio por parte de la Embajada China.
Aprendí mucho de ellos, sobre todo aprendí a respetar espacios privados, lo cual no era sencillo ya que hasta entonces, creía que nadie tenía derecho a vivir en mi casa si no era de mi familia. Di muchos traspiés, cometí muchas faltas de respeto, insulté mucho y con ganas. Me sentía invadida.
Al poco tiempo y a punta de tertulias, comidas y horas de convivencia, me di cuenta que me estaba convirtiendo en una mejor persona con ellos en mi vida.
Fueron la Señora Fú, la señora Liu, la señora Xu Yin y Li, los que me enseñaron a amar a China; no sólo a mis abuelos y bisabuelo.
¿Por dónde entró el amor?
¡Claro!
Por el estómago.
En un acto de prestidigitación, lo que parecía complicado en el Wu I Lan, en la cocina del condominio Insurgentes se convertía en los platos más sorprendentes.
Era un acto de amor verdadero oler esos aromas, entablar esas pláticas, escuchar esa música.
Luego, con esa mentalidad, llevé conmigo el conocimiento no de recetas, sino de flexibilidad. Si ellos podían convertir una taza de harina en los tallarines más deliciosos y un simple palo de escoba, en el rodillo más eficaz, yo también podía adaptarme con lo que fuera.
Así pude hacer algunos platos, como quesadillas con harina de maíz… palomero, por ejemplo.
Así pude encontrar en mesas ajenas el mismo color de mi identidad
Así aprendí a querer y respetar al que me tiene miedo, convirtiendo en paz, lo que asomaba una disputa.
Y sigo en eso.
Sólo que hoy, a finales de esta primera década, apelo a esa misma paciencia aprendida de mis amigos extranjeros y de mi propio yo como extranjera, para comprender ese cúmulo de “valores” que ahora me parecen repugnantes:
El chovinismo, la xenofobia, el racismo, etnocentrismos y nacionalismos varios.
Cuando veo cómo algunos conocidos (jamás los tomaría por amigos) vuelcan su frustración contra los inmigrantes, en especial contra los inmigrantes chinos, sudamericanos y norteamericanos en México, se me revuelve el estómago.
Esa nausea es porque yo sé que al odiar al otro, se odia a uno mismo.
Incluso he visto que esos mismos sujetos, aún mostrando la huella de muchas “razas”, se ofenden al ser llamados “indios”. Es más, conocí a un biólogo “orgullosamente mexicano” que dice que ni siquiera somos todos de la misma especie. Que las razas humanas en realidad son especies distintas.
(Santo Dios)
Estamos enfermos de odio.
Como siempre, la prevención de una enfermedad requiere una inversión de tiempo y disciplina.
El remedio, en cambio es rápido, pero caro.
En este caso la enfermedad es la raíz del chovinismo (por nombrar a un solo “ismo”) La cura es poder viajar: migrar y convertirse en minoría.
Es un remedio caro, pero he visto que funciona en mentes que tienen la tendencia a la bondad y la belleza.
Y en quien no funciona. Como el caso del típico turista mexicano que a una semana de estar fuera de su patria, clama por un pozole en tierra ajena; bueno, supongo que no hay mucho por hacer mas que sentir compasión o lástima.
Sólo un viajero lleva en el corazón las recetas de su patria, y no lo hace por añoranza, sino por el simple gusto de compartir su cultura.
Entonces nace la identidad, porque se topa con la identidad del otro y de ello, nace por un pequeño instante La Paz.
Buen viaje y feliz año nuevo a los viajeros de buena voluntad.
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10 Demasiados extranjeros.
9 La porra no lo deja a uno echar la siesta durante las partes aburridas.
8 Las riñas en la banca no son tan divertidas sin palos ni bates.
7 No hay una cancioncilla que nos recuerde si estamos listos para el soccer.
6 Hacen falta esteroides.
5 Hay demasiados jugadores con acentos diacríticos en sus nombres.
4 Los americanos no ponen atención por estar leyendo (¡!).
3 (sarcástico) No tiene la acción estremecedora de las cinco horas del béisbol.
2 Sin los suficientes tiempos extra, no hay cómo echarle más botanas al hocico.
1 Demasiadas patadas, pocos chingadazos.
Por la insigne Dra. Cristiniux de Petatiux, experta en malas patas.
Dios & Jess & cia, me han iluminado. Alabado sea, porque en medio del regocijo, hermanos, me ha dado la oscuridad que me guiará en la luz de mi buena ventura.
Sing with me ma’ brotha’.
Y habló ese cabrón que me tiene podrido, todas estas palabras diciendo:
Yo soy la neta del planeta, que te saqué de Egipt... no; que te saqué de tu cama cuando placenteramente dormías como un joyero judío.
I. no tendrás patas de conejo o cualquier animal ajeno ante mi.
II. No creerás que hay mala pata a imagen y semejanza tuya, ni en el cielo ni en la tierra, la verdad es que eres el más jodido de todos los hombres que han pasado por lo mismo.
III. No tomarás el nombre de tu mala suerte en vano, si puedes mienta la mala pata de otros, porque después de todo, superas en mucho hasta al mismísimo Job.
IV. Honra a tu padre y ¡chinguen a su madre todos!
VIII. No hablarás contra tu prójimo falso testimonio (Lo más seguro es que te delates tu solo)
IX. No codiciarás la casa de tu prójimo, (Está peleada por la asamblea de barrios) ni la mujer de tu prójimo, (¿Estás loco?, no te pela, es lesbiana) ni su ciervo, (Ese gato es el violador de la Narvarte) ni su criada, (pinche gata, tiene chancros) ni su buey, (tan babas serás si terminas pagándole la Ibero al pendejo del hijo del prójimo) ni su asno (oooooorale) ni cosa alguna de tu prójimo.
Esto es una chingadera de ese que creemos que es dios, y seguimos alabándolo
(Amen)