A veces escribo. A veces nomas me da por moler
viernes, 29 de abril de 2011
Una mano en el culo, Julian Assange y una nota de facebook que decidí meter al molcajete.
lunes, 25 de abril de 2011
RECHAZAMOS LA REFORMA A LA LEY DE SEGURIDAD NACIONAL Y EL ESTABLECIMIENTO DE UN ESTADO POLICÍACO-MILITAR Petition
miércoles, 20 de abril de 2011
Marcin Jakubowski: Open-sourced blueprints for civilization | Video on TED.com
viernes, 8 de abril de 2011
Borrón y cuenta nueva para los elegidos
martes, 5 de abril de 2011
Boy Scouts en tiempos de guerra.
miércoles, 16 de marzo de 2011
Querido Michael:

Hace más de veintidós años, comencé a escribir un diario "intimo" gracias a mi querida Mirak que me regaló el primero de los que años después serían casi 25 libretas y casi 1000 cuartillas en word y contando.
martes, 22 de febrero de 2011
La Jornada - Cartones: Mito genial - Hernández
lunes, 21 de febrero de 2011
lunes, 10 de enero de 2011
viernes, 7 de enero de 2011
La Jornada: Allanan en Argentina empresas agrícolas con peones esclavos
sábado, 11 de diciembre de 2010
Otra reflexión sobre el ser viajero

II
He andado muchos caminos,
he abierto muchas veredas;
he navegado en cien mares,
y atracado en cien riberas.
En todas partes he visto
caravanas de tristeza,
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra,
y pedantones al paño
que miran, callan, y piensan
que saben, porque no beben
el vino de las tabernas.
Mala gente que camina
y va apestando la tierra...
Y en todas partes he visto
gentes que danzan o juegan,
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra.
Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan a dónde llegan.
Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja,
y no conocen la prisa
ni aun en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca.
Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos,
descansan bajo la tierra.
Soledades. Antonio Machado
Una de las cosas que me han dado cierto nivel de identidad es el encontrarme en el rostro del otro estando en el extranjero.
Cocinar durante mis viajes me ha ayudado a comprender que el viajero es curioso y que despierta curiosidad. En otros tiempos, viajar era mucho más arduo; por lo tanto los viajeros empedernidos además eran calificados de valientes.
Pero me doy cuenta que es igual de valiente ser un viajero varado en su lugar de origen o en algún otro puerto. Y también está el hombre sencillo que no viaja, pero que vive feliz en su mundo interior, sin que la intromisión del otro le afecte. Sólo los hombres sencillos no se sienten afectados por nadie.
Pero otros no tenemos tanta sabiduría y necesitamos salir al mundo para sabernos humanos.
Porque al cambiar el punto de vista después de usar las veredas, el viajero reconoce que su identidad no se encuentra en su bandera o en su pasaporte, sino en su corazón.
La primera vez que pensé en eso fue a principios de los 80’s.
Mi abuela daba alojamiento a estudiantes y becarios chinos inscritos en programas de intercambio por parte de la Embajada China.
Aprendí mucho de ellos, sobre todo aprendí a respetar espacios privados, lo cual no era sencillo ya que hasta entonces, creía que nadie tenía derecho a vivir en mi casa si no era de mi familia. Di muchos traspiés, cometí muchas faltas de respeto, insulté mucho y con ganas. Me sentía invadida.
Al poco tiempo y a punta de tertulias, comidas y horas de convivencia, me di cuenta que me estaba convirtiendo en una mejor persona con ellos en mi vida.
Fueron la Señora Fú, la señora Liu, la señora Xu Yin y Li, los que me enseñaron a amar a China; no sólo a mis abuelos y bisabuelo.
¿Por dónde entró el amor?
¡Claro!
Por el estómago.
En un acto de prestidigitación, lo que parecía complicado en el Wu I Lan, en la cocina del condominio Insurgentes se convertía en los platos más sorprendentes.
Era un acto de amor verdadero oler esos aromas, entablar esas pláticas, escuchar esa música.
Luego, con esa mentalidad, llevé conmigo el conocimiento no de recetas, sino de flexibilidad. Si ellos podían convertir una taza de harina en los tallarines más deliciosos y un simple palo de escoba, en el rodillo más eficaz, yo también podía adaptarme con lo que fuera.
Así pude hacer algunos platos, como quesadillas con harina de maíz… palomero, por ejemplo.
Así pude encontrar en mesas ajenas el mismo color de mi identidad
Así aprendí a querer y respetar al que me tiene miedo, convirtiendo en paz, lo que asomaba una disputa.
Y sigo en eso.
Sólo que hoy, a finales de esta primera década, apelo a esa misma paciencia aprendida de mis amigos extranjeros y de mi propio yo como extranjera, para comprender ese cúmulo de “valores” que ahora me parecen repugnantes:
El chovinismo, la xenofobia, el racismo, etnocentrismos y nacionalismos varios.
Cuando veo cómo algunos conocidos (jamás los tomaría por amigos) vuelcan su frustración contra los inmigrantes, en especial contra los inmigrantes chinos, sudamericanos y norteamericanos en México, se me revuelve el estómago.
Esa nausea es porque yo sé que al odiar al otro, se odia a uno mismo.
Incluso he visto que esos mismos sujetos, aún mostrando la huella de muchas “razas”, se ofenden al ser llamados “indios”. Es más, conocí a un biólogo “orgullosamente mexicano” que dice que ni siquiera somos todos de la misma especie. Que las razas humanas en realidad son especies distintas.
(Santo Dios)
Estamos enfermos de odio.
Como siempre, la prevención de una enfermedad requiere una inversión de tiempo y disciplina.
El remedio, en cambio es rápido, pero caro.
En este caso la enfermedad es la raíz del chovinismo (por nombrar a un solo “ismo”) La cura es poder viajar: migrar y convertirse en minoría.
Es un remedio caro, pero he visto que funciona en mentes que tienen la tendencia a la bondad y la belleza.
Y en quien no funciona. Como el caso del típico turista mexicano que a una semana de estar fuera de su patria, clama por un pozole en tierra ajena; bueno, supongo que no hay mucho por hacer mas que sentir compasión o lástima.
Sólo un viajero lleva en el corazón las recetas de su patria, y no lo hace por añoranza, sino por el simple gusto de compartir su cultura.
Entonces nace la identidad, porque se topa con la identidad del otro y de ello, nace por un pequeño instante La Paz.
Buen viaje y feliz año nuevo a los viajeros de buena voluntad.
|
jueves, 9 de diciembre de 2010
Historias del Cielo y el Infierno: Por qué el mundo necesita wikileaks
lunes, 15 de noviembre de 2010
La Jornada: Ascendencia africana de mexicanos, negada
martes, 9 de noviembre de 2010
viernes, 5 de noviembre de 2010
Las aventuras de Juan González en el planeta Zaz: Cuenta regresiva
Historias del Cielo y el Infierno: La Policía Federal, ¿más honesta? Pregúntenle a Da...
jueves, 21 de octubre de 2010
miércoles, 13 de octubre de 2010
De todos modos ¿quién dijo que sólo en los Estados Unidos está el sueño americano?
Esta ciudad es de todas las nacionalidades y desde su misma fundación el 18 de Junio de 1325 DC, ha sido ciudad refugio; santuario de aquél al que su país le ha quedado muy chico. Nunca en paz, siempre arrebatado a la fuerza como podría contar en sus piedras el señorío de Azcapotzalco.
Dos de mis bisabuelos, uno proveniente de Cantón y el otro de Badajoz, se juntaron con mujeres que ya llevaban en su código genético el mestizaje intrincado de lo que ahora se llama “mexicano”, un tema tabú que implica tanto que no me atrevo a abarcar ni el bordecito.
Cada vez que se me ocurre enumerar la mescolanza que se bate en mis venas acabo calificada como racista en el peor de los casos, etnocentrista en el menor; aunque aún no entiendo la diferencia.
Pero esa noción de migrante la llevo como un par de botas de campo traviesa. En mis viajes siento cómo ese código genético se activa motivando a mi instinto de supervivencia: Salgo de casa y me vuelvo mejor, con más recursos mentales, mis ojos ven de otra manera lo que no tiene un código familiar.
Regreso al sur de Tlalpan y me aplatano, me da una flojera inmensa ir y hacer mundo. ¿Será por eso que Tlalpan está lleno de enfermos, locos y religiosos?
Luego de vuelta al aeropuerto, al camión, al Atlas.
Al tren (ay dios) Ya no se puede, está muy caro y distante.
A veces siento que mi consciencia crece un par de centímetros por cada milla acumulada.
Migrantes, inmigrantes, migración y pata de perro.
Algo que en este continente lleva la marca de la supervivencia.
Tengo un par de semanas yendo y viniendo de Tlalpan a la Roma/Condesa, ya que es en mi viejo barrio donde está el médico que extirpó soberano lunar que le había dado por crecer en mi nariz.
Y voy a pasear el terruño de la infancia y me lamento por los rincones que esas rameras que en sus momentos se llamaron: LA CRISIS, se han llevado entre las patas lo que fue una comunidad más sencilla.
Ya se fue el hospital de muñecas, la panadería Hipódromo, la tiendita de la viejita cochina, el dolce gelatto, el Paris Londres. Sobrevive de milagro Hollywood aunque sus hamburguesas ya no saben igual y el Mr Kelly’s que sigue tan setentero como hace treinta y tantos años. Ni el modesto gigio’s pizza, ni un solo mugre burguer boy.
Tampoco encuentro los personajes: El señor Sikh que yo creía que era el mismísimo Sandokan. La viejita de las palomas con la cual platicaba ya no sé de qué. El globero que dibujaba lo que fuera a encargo en sus globos. Don Paleto, las Guías de México, Don Emilio que daba la bienvenida en el Condominio Insurgentes, que ahora se levanta como una lápida mugrosa.
La manada de perros hippies comandados por el güero. Los patos canadienses que un día llegaron solitos al parque México.
Me doy cuenta que sigue siendo un barrio de migrantes que nunca, nunca, nunca, se quedaran amarrados a una sola cama en un solo gueto y un solo acento. Migrantes que tienen hijos sin pedigrí, que hablan dos o tres idiomas sin problemas pero todos mexicanos, con ojos profundos, nacidos sabios por obra y gracia del amor, o por lo menos de la lujuria.
Igual que en el área de la bahía de San Francisco, único lugar en Estados Unidos donde siento lo mismo que siento cuando regreso a la Roma/Condesa.
A veces creo que todos somos ya mestizos.
Que todos somos hijos, nietos, bisnietos de aquel Ulises que se echó a andar.
No somos Criollos, sino MESTIZOS.
Perros corrientes y felices que preferimos barrios como la añorada Roma a la que volveré aunque se caiga en el siguiente terremoto.
Tlalpan, que significa “sobre la tierra”, me ha quedado muy chica.
Como que prefiero un lugar donde los acentos sean tan variados como los sabores.
Un lugar donde la vecina de al lado le enseñe a su loro a decir groserías en coreano y que éste le conteste en Purépecha o Lunfardo.
Prefiero sentir que estoy en el mundo y no en un escaparate de artesanías que ostentan precios de cuatro cifras.
El sueño americano toma un café con leche en una fondita de barrio, deja una propina y se va a trabajar haciendo historias.
El sueño americano habla esta cosa parecida al Castellano ¿Qué no lo sabían? Pero aprende de memoria al menos una palabra de cada idioma, llevando en sí el recuerdo de la lengua del imperio: El latín.



