A veces escribo. A veces nomas me da por moler

A veces escribo. A veces, nomas me da por moler.

sábado, 14 de abril de 2012

Sobre temblores y Feng Shui, camino a diciembre del 2012


Este es para Deems, geólogo.
Quien tuvo la chingada puntada de morirse cuando más falta nos hace
Y es que él se sabía los pasos de baile de nuestra Pachamama.
Extraño nuestras pláticas sobre ciencia y feng shui, sobre H.D. Thoreau y su nana mexicana.

Duerme tranquilo, amigou.




            Llevo meses sin escribir las predicciones diarias para @Chinaalvarado en Twitter. Sin más excusas, les digo que estoy entre que no tengo tiempo para sentarme a escribir las predicciones y entre que siempre que sale algo de tiempo, me bloqueo. Las Sibilas posmodernas nos tenemos que disfrazar a lo Walter Mercado para que nos paguen algo… por eso estoy siempre en la inopia.

Dejemos atrás esa excusa deleznable.
Coincide que en cuanto dejé de escribir las predicciones diarias, se desató  una cadena de temblores en todos lados, no sólo en México.

De diciembre a la fecha (14 de abril) no ha parado de temblar y por lo menos dos de esa serie de temblores han sido de consideración.

Por esta razón y porque me lo han preguntado ya varias veces, les explicaré cómo funciona el asunto del feng shui y los terremotos.

El feng shui NO ES DISEÑO DE INTERIORES. El feng shui, al menos el que mis maestros me enseñaron, no habla solamente del “arte” de colocar una casa en tal o cual posición o de colocar “curas” para contrarrestar el Shar Chi (mala vibra).
No.

El feng shui que yo practico sirve para identificar y predecir el movimiento de los cinco agentes de nuestro planeta. ¿Se quedaron con cara de juat?
El movimiento de los cinco agentes afecta a cualquier habitante de la tierra y a lo que la naturaleza y los hombres se empeñan en construir.

Voy a suponer por un momento que todos ustedes han estudiado taoísmo, medicina china y que más o menos le agarran la onda. Porque, si me pongo a explicar todo desde el principio, mejor no hago un blog, sino una enciclopedia de Wu-Shu, Feng Shui, Wu Xing, Ba Zi y demás. No puedo sola y me faltan como un chorromil de años de experiencia (y paciencia).

Les quiero explicar nada más algunos aspectos básicos del Feng Shui aplicado al comportamiento de la tierra.

No me gusta usar la palabra “energía”, porque el Chi no es el tipo de energía que intuimos o conocemos.
El Chi es un  AGENTE que es la palabra en castellano que traduce correctamente la palabra. El agente es un movimiento sutil que se comporta igual que distintos eventos evidentes.
Por ejemplo, el agente madera, se comporta igual que un árbol que crece, se mueve al viento y se desarrolla gracias a los agentes agua y tierra. Para otras culturas asiáticas, el agente madera es equivalente al viento a secas.

El ser humano, los animales con quienes compartimos –mal- la casa común; el agua, el aire, los demás gases; todos los minerales, los bioelementos CHONSP; en fin. Los que pululamos en este planeta compartimos esos cinco agentes.

Los agentes recibieron los nombres madera, fuego, tierra, metal y agua, porque los filósofos chinos que analizaron el comportamiento de la naturaleza y el ambiente que les rodeaba, vieron que esos comportamientos se podían explicar por medio de esos ejemplos.
Esa observación empírica, se convirtió en lo que se conoce como Wu Xing, que significa Cinco Agentes, cinco energías, etcétera.

Vamos al grano, como los pollos:
El planeta tierra tiene más agente tierra que ningún otro agente. El agente tierra se comporta igual que la tierra, los minerales, las piedras y por lo tanto, las placas tectónicas, las fallas, los volcanes.
Cuando el agente tierra se vuelve más y más… digamos excesivo, apretado, se vuelve inflexible. Necesita del agente madera para recrearse, para formar más tierra blanda y así dar sustento a la vida. También necesita del agente agua para suavizarse y para circular los minerales pesados que se van aglomerando allí tras siglos de pasar por procesos de alta presión y decantación.

Cada agente tiene un ciclo de aumento y reducción que se repite cada x tiempo. Cuando un agente está en aumento, produce un choque con los demás agentes. No todos los agentes reaccionan igual con la tierra.
El agente agua se “ensucia” con la tierra. El agente madera se sostiene con la tierra. El agente fuego refuerza a la tierra y el agente metal se nutre de la tierra.
Según esta teoría, el agente tierra, ahora excesivo, provoca que el agente metal se nutra y, al igual que una madre, el agente tierra ve cómo el agente metal supera en peso y estatura a quien lo procreó.

Eso es lo que produce el movimiento. Los temblores, según el Wu Xing, claro está.
Si a eso, le sumamos que cuando estos dos agentes crecen, los otros tres agentes también son afectados, sobre todo el agente agua, que en la naturaleza, tiende a rodear a los agentes tierra y metal.
El agua magnifica el comportamiento de los otros dos.

En términos de la medicina tradicional china (MTC) cuando esto ocurre en el cuerpo humano, nos enfermamos. El exceso de tierra que afecta al aparato digestivo excita al elemento metal, que afecta al aparato respiratorio y provoca cambios en el elemento agua, que afecta a los riñones, aparato reproductivo y las secreciones –saliva, orines, sudor, etc.-
Todos sabemos que cuando nos enfermamos del estómago, todo nuestro cuerpo es afectado. Por ejemplo, la medicina china identifica al exceso del elemento tierra con la diabetes. Este exceso de tierra debilita al agente agua, es por eso que una de las primeras cosas en fallar cuando hay diabetes, son los riñones.

Lo mismo pasa con nuestro planeta.

No es la primera vez que pasa, ni será la última. Pero resulta que ahora hay más humanos que nunca y nos hemos dado a la tarea de especular los porqués de este quilombo desde varios puntos de vista.

Esta humilde explicación por medio del Feng Shui sólo pretende redondear sus dudas, ya que me queda claro que queremos comprender también desde un punto de vista que, si bien considero tradicional en una cultura vieja y lejana, sigue siendo motivo de discusiones acaloradas entre los que practican alguna disciplina del taoísmo y claro, los que desprecian estas prácticas –con justa razón –ya que no hay manera de comprobarlas por medios científicos.

Bueno, sí hay manera de comprobar estas prácticas, pero no conozco todavía en el medio chino-esotérico a ningún practicante que quiera echarse una investigación con, por ejemplo, el método doble ciego, para comprobar si funciona y es cierto el feng shui o no.

Sale mejor seguir vendiendo ranas de tres patas y espejos octagonales.
¿O no? (Yo sí me apunto ¿quién dijo Yo?)

Pero ya les expliqué aquí de qué se trata, según lo que practico desde los once años.

En resumen: 
Hay un exceso de Chi tierra y es normal que se reacomode por la acción también excesiva del agente agua y la ausencia (provocada por mano humana) del agente madera, que en su práctica ausencia, no ha podido recrear y controlar a la tierra. 
Si a esto le sumamos que el agente fuego ha sido artificialmente alborotado por el hombre (el agente fuego se manifiesta en el fuego mismo y en la electricidad)

Bueno. Seguirán los temblores, pero serán más fuertes si seguimos abusando del agente madera y si seguimos excediendo el agente fuego.
Además, con eso de que la oligarquía mundial no nos ha dejado de otra, más que vivir en donde se pueda, no donde se debe de vivir; estamos más jodidos todavía.

Que el tao les sea propicio.

sábado, 7 de abril de 2012

Cinco olores

En la cosmogonía Taoísta  hay cinco agentes, mal traducidos como "energías" por los primeros sinólogos y entusiastas provenientes de Europa. Estos cinco agentes o Wu Xing representan 5 características en casi todo: movimientos, órganos vitales, sabores, colores, formas.

Hoy me acorde de los cinco olores gracias a una canastilla hecha con agujas de pino. Ese olor a maderas corresponde al elemento que hoy necesito para salir de enferma. Tengo gripa.
El agente que necesito, me ha tomado de la nariz; me lleva a lugares que recuerdo de otra vida. Una vida en la que era veinte años más sana.
Mi nariz, acostumbrada ya a trucos de artificio moderno, ha comprendido ese viejo lenguaje y me regala una calma que necesitaba.

Cuando se enfermen de lo que sea traten de evocar o buscar cinco olores que les recuerden a algo o que los hagan felices. El cuerpo es sabio y les regaló una nariz que, si les funciona, les llevara a exactamente a todos los olores que también les levantarán el animo.

En mi caso:
Los canastos de la Tarahumara
El jengibre recién picado
El incienso Nag Champa
El consomé de pollo con hierbabuena
El café recién tostado y molido

Así huele para mi el bienestar.


Lo cotidiano también me sosiega:
Mi madre huele a Chloé
Mi padre a Vetiver.
Mi novio a él mismo
Y mi recamara, a papel.

Buenas noches.

viernes, 2 de marzo de 2012

Doble Vida (última parte)

Antes del terremoto, convivía  con mis primos; digamos, cordialmente y en las Guías yo era una niña poco comprometida, aunque extrovertida. Lectora voraz, melómana, muy despierta. No parecía romper un plato salvo cuando peleaba con mi madre. Detestaba los juegos “de contacto” y me cagaban Menudo, Los Chamos y el Puma.

Mis padres se habían separado. Mi papá vivía en casa de Mamá Fina y tenía una novia. Mi mamá también tuvo un novio aparte, pero la cosa no cuajó. Yo estaba hecha un camote, pero quedó claro que la separación era mejor que la bronca. La explosión aguardó en mi ego todavía unos años más.

Para 1984, procuraba no mezclar los asuntos escolares con el resto de mi vida. El famoso chipote con sangre se convirtió en un momento cumbre: nadie me hablaba al llegar los últimos meses del cuarto grado de primaria y el siguiente otoño me cambiaron a Decroly. Escuché por primera vez la palabra Feminismo y comencé a leer sobre el tema, sin entender una sola palabra, en unas revistas llamadas Fem, que mi madre compraba sin falta hasta que se acabó la revista.

Amanda comenzó a evitarme, Reinaldo vivía recluido definitivamente en su departamento y yo era más alta y más fornida que mis congéneres. Estaba, como dicen los ingleses: full of piss and vinegar.

Cada sábado, a las 4 de la tarde, metida en mi uniforme de Guía, me convertía en una niña dulce y atenta, pero jamás fingí serlo. Declaré abiertamente que era feminista y atea. Mis amigas eran sólo dos: Jatzibe y Rosita. Las dos eran  una cosa de melcocha, sobre todo Jatzibe, de la cual, lo último que supe es que había comenzado el noviciado en no sé qué orden de monjas. Rosita se me perdió al llegar a la pubertad. Cumplí los diez años, convencida de que Dios no era una persona, que la iglesia era una vacilada y que el feminismo era el único camino para la libertad de toda la humanidad.
También convivía mucho con las amigas de mi madre, sobre todo con Patricia y Amy Varlan. A esta última la seguía mucho ya que su poesía me encantaba. Antes que con Benedetti y Sabines; mi primer contacto sigiloso con la poesía en particular y la literatura en general fue Amy Varlan. Pero ese respeto se dio en silencio hasta que llegué a los 18 años, antes de eso, lo que más me gustaba era leerla.
A mi papá le daba cosa que yo me involucrara en esos temas de poesía y feminismo, pero sé que estaba muy orgulloso de mi postura ante la religión.
Finalmente, fue él quien me inició en las artes de la rebeldía.

Llegué a Decroly con una actitud desafiante que no le cayó bien a nadie y lo primero que hice fue amistarme con la chica que no se llevaba bien con el grupo. Detalles de esto y de esa etapa decroliana, están en Para detectar a un Vóldemort en Potencia Pero algo que no digo en ese ensayo, es la razón del que sufre el abuso por parte del bravucón. Me tomó años llegar a estas conclusiones, así que ahí les va:
Hay varios tipos de violencia. No me refiero a formas y técnicas sádicas ni hablo de posiciones a la hora de golpear.
Está pues, la violencia origen, que es la madre de todo lo que viene después.
La violencia origen parte de las circunstancias que propician la posición violenta del sujeto:
Falta de alimentación, educación, techo y recursos debido a la situación socio-económica de la comunidad donde se desenvuelve el sujeto. (Por ejemplo, la mayoría de la gente en México está en esta situación)
Yo creo esta es la causa más común en los estratos socioeconómicos más vulnerables. Era definitivamente el caso de Reinaldo. El hacinamiento en que vivía esa familia cobró precio en el pobre de Reinaldo, que en realidad no era un desalmado, pero repetía en otros lo que en él se “ensayaba”. Era el único modo en que podía identificarse dentro de su medio.

Condicionamiento del cariño (premio-sustitución-castigo)
Este era el caso de  Amanda. No sé si sus padres la tenían condicionada, pero había un intercambio de seguridad emocional por objetos. Si padre era una figura severa y lejana.
Creo que yo convivía más con ambos padres a pesar de las separaciones que ocurrían entre ellos. La presencia de ellos era tal, que ni siquiera vi con malos ojos que mi madre se tomara vacaciones ella sola, por ejemplo. Jamás trataron de sobornarme con nada y si algo era merecido: compensación o castigo, era recibido como tal, sin lecturas entre líneas.
Lo de Amanda era venganza pura: no recibía atención en su casa y su único recurso para recibir afecto era condicionándolo.

Exceso o ausencia de atención. Este caso es muy interesante ya que se da cuando uno de los padres o ambos o algún otro miembro de la familia sufre alguna condición mental.
El caso que más he notado es cuando uno de los padres sufre de narcisismo. Como que el hijo del narcisista se repliega al grado que provoca que los congéneres le pongan atención, al grado de aceptar castigos.
Casos dramáticos de esto, los tengo localizados ya ahora que soy una mujer adulta. Era el caso de una chica que era mi amiga en Decroly. Su madre y hermanos eran el centro de la atención del universo entero, con sus pequeños dramas y pataletas diarias. Esta niña, que de por sí tenía algún problema cognitivo o de plano neurológico, no podía digerir una soledad que es un crimen a cualquier edad.
Se encerró en una infancia alargada que no sé en qué acabó.
Nuestra amistad terminó cuando ella se fue de la escuela.

Ausencia de estabilidad. Mis padres se separaron dos veces y se divorciaron una vez.
Si bien, no era necesario compensar nada con atenciones hacia mi hermano y yo, la casa se tambaleaba. No había una figura de autoridad estable ya que esa la disputaban mis padres y mi abuela. Al final de cuentas las ganonas eran mi nana María y las distintas amistades abusivas que pasearon por mi panteón amoroso.
Un niño en un hogar inestable, puede caer en dos posiciones: la de la víctima o la del vengador victimario.
Unos niños, aupados por la cultura espantosa del catolicismo “mea culpa, mea culpa” creen realmente que se merecen el castigo por haber hecho algo mal y no sólo eso. Reciben el castigo como un premio, Con la promesa de que se ganarán el cielo o de que el sufrimiento los hace ser mejores, regresan a su casa o al patíbulo pensando que dios les ama.

El vengador victimario quiere regresar, como héroe, al orden del principio de todas las cosas. Desea que ese balance se dé “matando al dragón”.

Deseo de recobrar el equilibrio (o la adjudicación de problemas ajenos cuando uno se cree el centro del universo) Y creo que este era mi caso: con todo ese bagaje, llegué a Decroly. Era un fiambre emocional, con todo el relajo que puede llevar una niña pre púber común y corriente, en una época donde se exaltaba la “filosofía” del “winner”.
Y ya se imaginarán, hice propio el problema de mis padres, el terremoto, el cambio de vida radical. Era una niña cuando comencé a ir a cualquier tipo de protesta o mitin: que si la marcha por la paz, que si el feminismo, que si esto o lo otro. Era Mafalda o más bien, la radical Libertad. Me fui colgando todas las esferas posibles, hasta el grado de no creer que hubiera una niña como yo en el universo. Mis primas vivieron su pubertad bailando y coqueteando, las chicas de las Guías, rezando. Yo leía por primera vez a Rosario Castellanos y a Poniatowska, por ejemplo.
Y no sólo eso. Una vez que uno detecta una injusticia o algo que no es agradable, uno agarra y lo ataca.
De allí que muchos niños, ahora llamados bullies, detecten con facilidad esos defectos y los ataquen. Un niño débil se convierte en el blanco de las agresiones, porque nadie quiere ser débil. Si a eso le sumamos lo que la sociedad actual considera indeseable, pues tenemos un rosario de objetivos que un niño, de por sí abusado, va a querer atacar. Dos de esos objetivos indeseables son los que han provocado casos de acoso escolar gravísimos y son la pobreza y la homosexualidad. La pobreza parece hasta inevitable en este país y la homosexualidad ES y no es ni contagiosa ni curable porque no es una enfermedad. Pero en esta cochina sociedad se ataca al que tiene estas dos características y de pasada, si uno no encaja en ningún patrón de belleza reconocida, sale peor.

Cuando llegué a Decroly, pensé que era la única y llegué allí con una actitud tremenda, además, yo era muy agresiva. Me había abierto el paso en el Aberdeen y con mis vecinos a punta de chingadazos. Pasé por al menos uno de los puntos arriba mencionados.

Fueron los niños decrolianos los que me bajaron los humos, primero con jugarretas para ver de qué estaba hecha o de plano rechazo y después con tales bromas, que durante años, circuló el rumor de que tres de los chicos de mi grupo me habían violado enfrente de todo el grupo y aupados por la líder de este.
Lo que había propiciado tal rumor era que en efecto, se les había pasado la mano en un juego de gallinita ciega y acabé manida como si fuera el último bolillo del día. Para cuando ocurrió eso, yo ya estaba desarmada socialmente. Mi única amiga era esa chica que les conté que no se llevaba bien con nadie. Después vi que era porque tenía algún problema. Nunca lo supe. Era extravagante, se ensimismaba al grado de no hablar. Se mordía las uñas. Se comía los mocos. En fin. Todo eso que ella hacía me fue adjudicado también, cuando en realidad, lo que ocurría es que yo era el bully de otra escuela y de pronto, era la “perdedora”.

Ese concepto era nuevo y recién en esos 80’s color rosa neón, la palabra “perdedor” seguía usándose en castellano, pero toda la carga cultural ya era heredada de esas películas gabachas que tocaban el tema, comenzando por “La venganza de los nerds”, “El Club de los Cinco” y acabando con todo el demás rosario de películas de John Hughes.

Era una maña espantosa eso de querer ser “popular”. Y una de las cosas que tenía que hacer uno para ser popular era molestar al “prieto”, al “raro”, a “la fea”, a “la gorda”, al “indio” al “naco”. Al que fuera distinto.

Mi actitud de súper niña no cuadraba con esto y luego de que la chica menos popular se salió de la escuela, me tocaba a mí cargar con el milagrito. Llegué a la secundaria como la apestada.
No aguanté, claro.

A la par de esa situación, fue menester entrar a terapia una vez más, esta vez, sin la familia mediante. Me tocaba echarme ese trompo a la uña yo sola. Comencé la terapia a los doce.
No recuerdo cuando llegué a terapia por primera vez, pero sí recuerdo cuando felizmente llegábamos a tener alguna epifanía.

Pero a decir verdad, lo que más me ayudó en ese tiempo, provino de una fuente inesperada: Una de las chicas populares.

Era el segundo año de secundaria. Yo ya estaba hasta la coronilla con todo el asunto de ser la naca apestada. Contaba con algunas amistades que, por bien mutuo, eran más o menos superficiales y mientras, seguía yendo a las guías, a terapia, a clases de esto y lo otro.
Convivía mucho con adultos y de vez en cuando, era invitada a salir con otros compañeros de clase que, más evolucionados tal vez, no se integraban a lo que podría parecer mi pamba pública.
Mejor para mí: así tenía tiempo para leer y escribir. Pero ya era diario el abuso.

Una tarde, antes de salir a recreo, esta chica esperó a que todos salieran y me jaló hasta la entrada del baño. No había nadie alrededor, pensé que me iba a pegar pero no. –Cris, me dijo tomando mis hombros, -No te dejes. – ¿Qué? No podía creerlo. Ella seguía preocupada porque no la fuera a ver su palomilla, en especial su líder.
–No te dejes- repitió.
Y se fue tan campante al patio.
Yo me quedé allí parada con cara de baqueta. ¿De dónde venía ese súbito acto de apoyo?
Esa tarde platiqué de eso con mi terapeuta.
No sabía qué hacer para “no dejarme”. Pero el destino fue tendiéndome la mano. Hice de todo: Tratar de jugar más con mis compañeros, estudiar con más ahínco, tratar de ser más participativa en las asambleas, enrolarme en una planilla y hasta intenté sobornar a los bullies con fotos que había robado de la colección de pornografía de mi padre.
(Señores padres de familia, no insistan en esconder pornografía en sus casas, sus hijos la van a encontrar donde sea que la metan). Esto último fue una puntada que todavía me hace reír. Me gané soberano regaño, pero sé que los chicos recuerdan eso y también les da risa.

Vaya, hasta terminé liada a madrazos con un chico que sí era mi amigo, o algo cercano a eso. Más adelante sí nos hicimos amigos e incluso, llegamos a besuquearnos y esas ondas del noviazgo adolescente. Luego me pregunté si lo mío no era masoquismo, a pesar de que el incidente del pleito que tuvimos un año antes no fue más que un mal entendido y un exceso de hormonas.

Luego llegaba a terapia a trabajar con ello: Estaba provocando que me agredieran. Era una manera de llamar la atención. Lo que quería, por supuesto, era ser aceptada e incluso amada y como eso no se conseguía así de fácil y menos en un círculo tan pequeño (éramos sólo doce niños en ese grupo) lo conseguí provocando la agresión. También en esos tiempos fue que escuché por primera vez la frase “círculo vicioso” y eso era en donde seguía atrapada. Mi falta de popularidad era lo que me hacía ser popular. Esto en términos Hughianos, claro.

Pero entre el punto en el que la emisaria del bando popular me dijera “no te dejes” y el punto en el que caí en cuenta que el 50% de las agresiones de las que era objeto, las provocaba yo inconscientemente, tuvieron que pasar varios años y que la líder del grupo de populares se fuera de la escuela. De todos modos, los insultos se iban haciendo más coloridos conforme llegaba al segundo año de secundaria.

Un día mi madre, que estaba muy al tanto de mi situación, no se crean;  me preguntó que qué entendía cuando los chicos del salón me decían “mámame la verga”.
Yo me quedé de a seis. –Ellos ni saben lo que te están diciendo. Suena horrible, ya lo sé; pero finalmente es sexo oral y eso puede ser muy placentero, incluso cuando se lo proporcionas a alguien más. Ya lo verás cuando tengas una vida sexual activa.

Mi madre siempre ha sido muy correcta para hablar.

Me desarmó por completo. Me di cuenta que los insultos eran de lo más idiota y luego aprendí aún más cuando llegó a mis manos Trópico de Cáncer.
Por fin mis hormonas estaban llegando al lugar adecuado y gracias a dios había más Miller que porno en mi vida.
Que me mandaran a mamar vergas dejó de ser un insulto. Pero por amor a la paz, esas conclusiones las dejaba para mis sesiones de terapia.
Ni Indio, ni puta, ni lesbiana, ni prieto, ni naco ni pintorescas mandadas a chingar a mi madre, continuaron siendo insultos; tan solo eran ausencia de un vocabulario más amplio.

Llegué a los catorce años más relajada. Ya sabía que si montaba un numerito en el que yo me asumía la víctima, el chingado bullying seguiría. Aprendí a no dejarme, con el último recurso que quedaba intacto: mi inteligencia.

No tuve que sacrificar nada. Me di cuenta de que llevaba una doble vida: era bully y bullie. Víctima y victimario.
Sólo le di la espalda al miedo, que no es otra que la hija de la ignorancia. Me di cuenta de que ella, y no las niñas populares, era la verdadera enemiga.
Llegué libre al borde del cambio de década.
Cuando cumplí quince años, me di la libertad de besuquear a chicos que entraban en la categoría de “populares” (mi primer beso me lo dio un chico que salía en la obra Vaselina. Era tres años mayor que yo y como cinco años más bruto que yo. qué lástima). 

Dejé de creerme víctima del divorcio de mis padres, del terremoto que acabó con mi Roma adorada; dejé de ser la nerd víctima de la chica rubia y bonita. Dejé de sentirme aparte de un mundo y me dejé llevar por él. Es más, mi mejor amiga ahora es mi prima hermana y con ella llegaron chicos, más amigas, hormonas, aventuras.

Dicen que la adolescencia es espantosa, pero ni ella ni mi infancia podrán hacer que ahora, que felizmente llego a la mediana edad, diga “qué espanto”.
Una vida creyendo que se es la víctima, no es vida, son dos vidas y ambas pesan mucho.
Las bravuconadas son de ida y vuelta. Y son las que nos hacemos a nosotros mismos, son las que más trauman, las que más duelen.

Que el Tao les sea propicio.

viernes, 3 de febrero de 2012

Sierra Leona: robo de tierras para palma aceitera

Sierra Leona: robo de tierras para palma aceitera

La práctica del mono cultivo y la monopolización de los espacios civiles en todo el mundo, son las prácticas punta de lanza de la esclavización al estilo del siglo XXI
Sierra Leona, de por sí devastada por años de guerra civil y explotación de diamantes, enfrenta muchos más problemas que no sólo se deben a la corrupción, sino también a la falta de conocimiento de las causas de todo esto y la falta de solidaridad por parte de nosotros; espectadores de una tragedia que nos arrastra a todos.
Pasen a firmar, toma sólo un minuto.

domingo, 29 de enero de 2012

Alvin Ziegler Jr. Obituary: View Alvin Ziegler's Obituary by San Francisco Chronicle

Alvin Ziegler Jr. Obituary: View Alvin Ziegler's Obituary by San Francisco Chronicle

Hace unos días murió un amigo. Un amigo de esos que llegan a la vida y se van antes de que llegues a conocerlos bien.
Es una lástima. Pocas veces he tenido la oportunidad de platicar con una persona ya mayor que no se haya pasado al
bando de los cínicos, los que han perdido toda esperanza.
Al era inteligente, sincero. Sibarita amante del buen vino y el buen queso.
Podía hablar de libros y socialismo y comunismo con él sin tener que explicarle nada; él ya sabía la diferencia entre comunismo y socialismo,
entre un nihilista y un nazi.
Teníamos debates cortos en los que no había que explicar nada, sólo hablábamos y hablábamos de cosas que ponen nervioso a mi novio, como Cuba y Fidel Castro,
la primavera de Praga y lo estúpido que es pensar que los demócratas son equivalentes a la izquierda.

El año pasado, me recomendó un libro que no me he dado el tiempo para leer. Bobos in Paradise.
Tengo tarea. Pronto veré si lo consigo y en su honor, lo leeré en Inglés.

Gracias Al. Es una lástima que a mi regreso a Orinda, no te voy a ver de nuevo. Pero te recordaré siempre.


domingo, 8 de enero de 2012

Astrología China. ¿qué nos depara el 2012? Con Raúl González.

Astrología China. ¿qué nos depara el 2012? Con Raúl González.

Aquí está parte de la entrevista con Raúl González Soto en 88.9 Noticias de Grupo Acir. Espero que les guste.
Les recuerdo que daré varias conferencias en Coffee Toys de la Colonia del Valle. Matias Romero 332 Col. Del Valle, 03100 Distrito Federal, México.
Los días 11 y 13 de enero a las 6:00 pm y el domingo 15 a las 12:00 pm. El costo será de 20 pesos más el consumo (un café capuchino por ejemplo) Mientras tanto, escuchen la entrevista. Un saludo.

lunes, 2 de enero de 2012

Horóscopo Chino para el 2012

Horóscopo Chino para el 2012

Hagan clic en el enlace para que puedan escuchar una síntesis rápida de lo que nos espera a todos en el 2012 y con la entrada del año del dragón del año de agua.

lunes, 28 de noviembre de 2011

No respondo chipote con sangre, sea chico o sea grande


     Había en el Colegio de México una maestra horrenda que tenía a su hija en el mismo grupo donde yo estaba. Entre ellas dos nos traían de su changuito a todos los del grupo, sobre todo a mí, hasta que en 1979 decidieron sacarme de esa escuela y meterme al Aberdeen. Fui cuadro de honor en el colegio de México hasta ese momento (primero de primaria)

Los detalles de por qué me cambiaron, creo que tienen más que ver con esa maestra celosa que prefería a su hija sobre los demás chiquillos y mi actitud contestataria. Si no, creo que hubiera permanecido en esa escuela hasta la secundaria.
La directora me decía Mafaldita. Yo era la consentida. A lo mejor era eso lo que le cagaba a la maestra loca. No lo sé.

Cuando me cambiaron al Aberdeen, mi hermano entró al kínder allí y la cosa se puso loca. 


Mis calificaciones bajaron hasta el panzazo. Me la pasaba peleando con otros chicos, sobre todo los que osaban poner un dedo en mi hermano que era flaco como un palito de paleta. Mi actitud era cada día más desafiante. No soportaba la estupidez aunque eso no se reflejara en mi boleta de calificaciones. Sólo me llevaba bien con Raúl y Jorge, los dos bravucones de la clase. Años después descubrí gracias a la terapia, que yo era el peso pesado en ese trío de cabrones.

Casi todos los pleitos en los que me metía tenían que ver con las trastadas que se nos ocurrían a los otros dos niños y a mí. Pero también me metía en líos por salir como locomotora a defender a mi hermano, y por culpa de una maestra que tenía la mala maña de encerrarme en un closet como castigo.

De esto hablaré en otro arrebato catártico, pero de una vez les cuento aquí que sufrir abuso por parte de un adulto, en este caso un maestro, es tan traumático como sufrir abuso de otros chicos. Un adulto consciente debe de saber la diferencia entre un castigo y un abuso. Definitivamente la miss Clemenbruja no lo sabía.

Yo me defendía como gata enloquecida. Ya había aprendido a golpear gracias a Amanda. Hasta que se me pasó la mano. Uno de los niños de mi grupo se atrevió a decir que yo era un niño: ¡Un niño!
El pobre acabó con un chipote con (mucha) sangre y yo, a punto de ser expulsada del Aberdeen. Esa fue una de las razones por las que me inscribieron en Decroly el otoño siguiente.

Me había transformado en una especie de “Heroína Feminista” para las maestras de otros grupos (mi maestra me odiaba con odio jarocho).
Les sacaba por lo menos media cabeza a los chicos de 4º y 5º de primaria. Durante los meses que siguieron y hasta el final del año nadie se atrevió a hacerme una sola broma, comentario mordaz ni nada.
Durante ese tiempo, al volver al condominio, no le volví a dirigir la palabra a Amanda aunque ella lo intentara. Eventualmente nos fuimos acercando un poco, pero sólo en las fiestas de cumpleaños o cuando me invitaba a su casa de verano en Cuernavaca y nada más. Amanda comenzó a frecuentar a Gelo, la hija de una mujer que trabajaba como técnico en el laboratorio de Algazi. Simplemente ya no me importaba su rollo.

Lo que hizo que mis padres prestaran atención a mi actitud cada día más grosera fue que se separaron por primera vez, provocando que esa etapa llamada de Elektra se convirtiera en pleitos a diarios con mi madre.
De la nalgada, pasamos a la cachetada y de la cachetada al cinturón. La rebeldía de mi parte y la falta de madurez emocional de mi madre en ese entonces, agriaron tanto el ambiente en el que estábamos, que nadie en la casa dormía con la conciencia tranquila.
Mi madre de apenas 26 años y yo crecimos mucho durante ese periodo, que luego, al recapitularlo, las dos –que ahora somos las mejores amigas- notamos que en total fueron poco menos de tres años de gritos y golpes. Nunca llegó a lastimarme como para dejarme marcada o amoratada, pero sí se notaba a leguas que algo terrible nos estaba descomponiendo a las dos como madre e hija y al conjunto que formábamos con toda la familia.

Una tarde de 1984, le dije a mi madre: “Cuando te pones así, pareces un monstruo”. Mi mamá, que ya tenía la mano levantada, se dio la media vuelta y se fue a encerrar a su recámara. Pocos días después, comenzó a ir a terapia; primero ella y después toda la familia. Por cierto. Todo esto coincidió con que ese fin del verano y a raíz del incidente del chipote con sangre, mi hermano y yo fuimos aceptados en la Comunidad Educativa Decroly, o lo que más tarde reflexioné como un rito de paso... Decroly se convirtió en mi Alma Mater Kármica

Ese cambio positivo no repercutió mucho en mí al principio. Finalmente la cosa entre mi madre y yo comenzó a mejorar, pero  yo seguía con el lodo hasta las narices.
Desde  1984 hasta que por fin me llegó la pubertad casi al cumplir los 16 años, yo era una bomba de tiempo con patines. Buena Girl Guide los fines de semana, la prima tímida… y en la escuela, era la rara, la que no se llevaba bien con casi nadie. Básicamente entre 1985 y 1989 comencé a llevar esas vidas por separado y sólo en mi cabeza o en las horas de terapia dejaba que esa situación se unificara.

Es curioso, pero creo que el “punto de quiebre” se dio en 1988, mismo año en que comencé a escuchar más rock argentino sobre todo a  Soda Stereo, con Doble Vida. Y eso que todavía no llegaba formalmente a la pubertad.


La de la foto soy yo, sosteniendo una foto de mí a los 9 años 
en el despacho de contador que alguna vez fue el condominio donde viví 
y que forma parte de esta serie de relatos.. 
 La foto fue tomada por @Jorgepedro en 2010.

 (Fin de la tercera parte de esta entrega. Comprendo la cualidad inmediata del Internet y la imposibilidad de mantener la atención de los lectores internautas, así que he decidido cortar este texto en varios episodios. 
Continúa “Doble vida”)

lunes, 21 de noviembre de 2011

Amanda



Amanda
Amanda es un boleto distinto. Abusiva, alta como una adolescente, morena, algo gordita y muy demandante. Definitivamente era más precoz que ninguna otra niña. Era la hija única de doña A y el señor M.
Doña A  era la secretaria y jefa de enfermeras de la central de análisis clínicos, un laboratorio propiedad del Doctor Alberto Algazi. Médico gineco-obstetra y espiritista reconocido en los más elevados círculos de grupos iniciáticos del país. Dueño también de prácticamente todo el Ave Fénix (tercer piso. Antes el condominio Insurgentes no tenía piso trece, luego lo añadieron pero le pusieron nombre al piso 3)
El condominio era cosa de horror ya que para entrados los años ochentas y hasta después del terremoto de 85, ese edificio comenzó a convertirse en una mezcla del Nostromo y los pasillos blancos del Discovery 1, pero que en vez de Aliens, o Hal 900, por sus pasillos andaban “licenciados” de traje gris. Hoy, por el condominio  pululan las sombras y los murmullos de los hare krisnas que viven allí, como paracaidistas (Okupas) y posiblemente el fantasma del magistrado Polo Uscanga, asesinado en el piso 9 que era la sede del sindicato de la también asesinada Ruta 100.



Amanda era horrible. Tenía azorrillado a mi hermano hasta que un día me le puse cabrona y la cosa acabó en los golpes. Tardé años en reaccionar, porque la niña me tenía a mi también completamente controlada.

Llegué al condominio Insurgentes en enero de 1978 sin saber cómo defenderme porque no había tenido un contacto real con niños de mi edad que no fueran mi familia que, hasta ese momento no era tan numerosa. Mi hermano tardaría unos días en nacer.
Pero de pronto entré en contacto con dos vecinos bravucones, una escuadra de primos y primas y además los chicos de la escuela, con los que de plano preferí no mezclarme. Mis compañeras en las Guías de México eran unas dos o tres muy añoradas, pero prefería la compañía de las muchachas más grandes, en especial mis guiadoras: Ana, Vero que descanse en paz y la Güeroshka.
Siempre me sentí más a gusto con gente mucho mayor que yo. Incluso hoy.

Total que, lo que fueron pocos años de infancia, se tradujeron en siglos de convivencia Uno de esos siglos fue mi trato con la tal Amanda.
Me di cuenta que algo no estaba bien en 1983 cuando me vi a mi misma agrediendo también a mi hermano y a otros niños. Algo estaba muy mal. Tenía unos ocho años y fue como si hubiera despertado de un sueño.

Los tres años anteriores, Amanda se las había arreglado para conquistarme con sobornos a hurtadillas, porque eran cosa restringida en mi familia. Aquí, una lista.
ŸVisitas al parque México con su nana, en vez de hacer la tarea.
ŸComidas prohibidas: jamón, cocacola, cool aid,  papas fritas, dulces y chocolates.
ŸPelículas de terror y de ficheras en su videocasetera VHS.
ŸJugar con sus muy sofisticados juguetes, los cuales parecían llegar a razón de uno nuevo cada semana.
Entre 1979 y 1983, Amanda se las arregló para lavarme el coco al grado que llegué a considerar seriamente convertirme al catolicismo –cosa absurda en mi pequeño círculo familiar- y hasta rebelarme abiertamente con tal de disfrutar de las ventajas de tener una vecina “rica”.
No saben la cantidad de veces que regresé a casa llorando porque Amanda me soltaba alguna mentira hiriente:
ŸUstedes viven de arrimados con su abuela.
ŸLos vestidos de holanes son de niñas pobres.
ŸTu hermano es retrasado.
Ÿ Yo soy más bonita que tú.
ŸSi no haces (inserte aquí la petición que se le antoje) le voy a decir al Señor de enfrente que te lleve a su despacho.
El señor de enfrente era un tipo ñañaroso con bigote que siempre nos invitaba a entrar a su despacho con la promesa de regalarnos algo. Cosa que a mí me resultaba sospechosa. Nunca entré a su despacho, pero Amanda sí lo hizo, varias veces.
Esta última amenaza, me pone a pensar que el tipo era un pederasta. Su sola presencia me ponía incómoda. Más de una vez entré corriendo –o patinando- a mi departamento al verlo salir de su despacho.
Jamás se me ocurrió decirles esto a mis padres, pero jugar a las barbies con Amanda acababa siempre en la cosa más aburrida del planeta, porque Amanda insistía en poner a su barbie a coger con su hombre elástico… al cual le había pintado un bigote con un plumón negro.

Aún así, cada tarde regresaba a jugar a su departamento y cada tarde surgía una nueva querella, hasta que, por defender a mi hermano que también quería jugar a las barbies, a lo cual ella accedió, pero comenzó con el asunto del hombre elástico con bigote. David no quiso jugar a eso (claro) y Amanda se enojó tanto que empujó a mi hermano hasta tirarlo.
Acabé insultándola. Amanda era muy morena, así que le solté un insulto racista que le destapó la coronilla. Nos agarramos del chongo tan duro, que ella fue la que acabó llorando y pidiendo perdón. Yo mentí y le dije que todo estaba bien. Me abrazó, la abracé. Tomé a David de la mano y nos regresamos a casa.
Después de eso, comencé a probar qué tan bien se sentía el poder defenderse.



(Fin de la segunda parte de esta entrega. Comprendo la cualidad inmediata del Internet y la imposibilidad de mantener la atención de los lectores internautas, así que he decidido cortar este texto en varios episodios. Continúa “No respondo chipote con sangre, sea chico o sea grande”)

viernes, 18 de noviembre de 2011

Bravuconadas de ida y de regreso. O de cómo aprendí a manejar la violencia pasiva y activa a lo largo de quince años.


Bravuconadas de ida y de regreso. O de cómo aprendí a manejar la violencia pasiva y activa a lo largo de quince años.

Primera parte

Hace un par de noches, vi una versión más de Carrie que atrajo varios recuerdos harto incómodos.
No pretendo hacer un análisis de la novela, la serie y mucho menos un análisis comparativo entre esta versión y la película. Lo que ocurrió esa noche, es que recordé cosas que tenía muy olvidadas desde hace años. Cosas que en su momento fueron analizadas en terapia pero que ahora puedo ver con la perspectiva enorme que me da estar al borde de la mediana edad.

Pasé prácticamente desde que aprendí a caminar hasta los quince años batallando con el tema del abuso por agresión física o verbal.
Gracias a la vida en esta dimensión, no tengo telequinesis. Si yo fuera personaje de película, novela o historieta, creo que al llegar a la pubertad, habría estallado cual bomba H y me habría llevado de corbata a por lo menos la mitad del DF.

Desde chica. Digamos desde que tengo uso de razón y hasta llegada la adolescencia, fui el objeto de la envidia y –un no sé qué- por parte de muchos niños y niñas. Mi refugio eran mis libros, la terapia y el movimiento Scout. Pero también me refugiaba en una agresividad pasiva que casi siempre me salía por la culata.
Aquí, un análisis detallado de esos recuerdos, que poco les importan a ustedes, pero que me da la gana ventilar.

Sin andadera.
Cuenta mi mamá, que cuando apenas estaba comenzando a caminar, mi papá y ella, decidieron que sería mejor para mi desarrollo no usar el recurso de la andadera, e hicieron bien. Para ser una persona particularmente distraída, creo que mi cerebro conecta con eficacia los actos de mi cuerpo.
Pero eso no evitó que una de mis primas se divirtiera a mis costillas jalando mi vestido al pasar, hecha un bólido, en su flamante andadera.
Creo que esa sería la primera vez que el modo de vida elegido fue aprovechado por otro para sacarme ventaja. Aunque creo que eso no me afectó tanto a mí, como a mi mamá que se cansaba de defenderme, agriando momentáneamente su relación con las hermanas de mi papá.
Durante esos años de bebé, vivíamos con mi abuela paterna en el edificio Gaona, justo enfrente de Gobernación y el Reloj Chino. Convivía con mis primos hermanos. Unos vivían en el mismo edificio y otros iban de visita cada fin de semana. Cuando estábamos todos juntos, sumábamos unos veinte niños y adolescentes, sin contar a los adultos. Claro que el incidente de la andadera se repitió en otras ocasiones y bajo distintas circunstancias y con otros protagonistas. Imaginen la cantidad de escuincles todos en una casa de dos pisos. Entre niños, bebés y adolescentes. Todos con el apellido Alvarado en común, éramos capaces de provocarle una jaqueca al más acomedido. Por lo tanto, no nos quedaba de otra más que “llevarnos” y el que se lleva, se aguanta.

Luego le dieron un trabajo a mi papá hasta Minatitlán, así que vivimos solos los tres en Veracruz poco más de un año, hasta que mi madre se embarazó y mis padres decidieron que era mejor regresar al D.F. Eso fue por ahí de 1977.
A petición de mi abuela materna, nos fuimos al departamento 320 del 3º piso Ave Fénix del Condominio Insurgentes a vivir con ella.
Ese año tropical de mi vida, el mundo comenzaba y acababa en mi madre. Todo circulaba alrededor de nuestro pequeño planeta y mi papá era un satélite. Creo que disfruté mucho esa vida, porque tengo imágenes muy claras de ese año. Un huracán. La hamaca , mi muñeca preferida, un cuento sobre Bongo, el oso de circo. Recuerdo a una vecina, posiblemente adolescente, que tenía gatos. Mi madre se ha de acordar de ella. Creo que esa chica era mi único contacto con otros humanos.

Claro, mi mamá que también era prácticamente una niña. No conocía otro modo de crianza más que el que le tocó, que fue el de las nalgadas, y cuando no, la paliza. Pero durante esos primeros años, salvo un par de nalgadas por armar una pataleta, no hubo castigos fuertes ni nada.

Pero nos fuimos del paraíso tropical y allí comenzó la ordalía con el famoso bullying; que entre los años setentas y ochentas se llamaba simple y llanamente cabronada.

Reinaldo

    Después de no convivir con nadie más que con mis padres y la eventual visita de la vecina y sus gatos, llegamos al número 300 de Insurgentes sur, en los límites de la colonia Roma y la colonia condesa.
En el condominio vivían también tres niños más. Amanda, un año mayor que yo y Reinaldo, que tenía una hermanita como cuatro años menor que él. De Reinaldo y de su hermana no recuerdo los apellidos ni puedo deducir su edad porque cada año, acababa invariablemente reprobado y el pobre creo que nunca aprobó primero de primaria, así que no puedo saber su edad, pero en algún momento iba en el mismo grado que Amanda.
Sólo recuerdo que Reinaldo era un niño trastornadísimo. Lo recuerdo delgado, mal encarado; de piel… ¿verde? Así daba la impresión.
Tenía el cabello rojizo y ojos como de gato. Hacía mucho ruido todo el tiempo y jamás lo vi con otra ropa que no fuera su uniforme de primaria de gobierno.
Algo le pasó antes de que lo conociera. Quién sabe. Porque ese niño era la piel de judas. Por ejemplo: rompía todos los juguetes que caían en sus manos, no sólo los suyos. Maltrataba a cuanto animal cayera en sus manos (las arañas patonas eran sus víctimas favoritas) y le gustaba además rodar cosas por las escaleras del condominio, aunque acabaran hechas añicos.

La tragedia ocurrió cuando en un arrebato furioso, destruyó algunos juguetes de mi hermano y una colección de perfumes miniatura de Christian Dior que la señorita Inéz me había comprado en París. Yo tenía unos seis años porque era mi primer año en la primaria, David era un chiquito, todavía no entraba al kínder. El recuerdo del llanto de mi hermano todavía me eriza los pelos de la nuca.

Su madre era una especie de montaña de carnes colgantes que sólo salía de su departamento para llevarse a rastras a Reinaldo y a su hermana. El rumor era que la señora era contrabandista o fayuquera, no me acuerdo, y que ella dormía en la misma cama que Reinaldo y la hermanita.
Ellos vivían en el 309 con la abuela que era un pan de Dios y el hermano de la señora que era soldado.
Ir al departamento de Reinaldo era como ir de visita a la casa de “La gente detrás de las paredes”. Por las noches, se podían oír los golpes, los gritos y el llanto que se colaban por debajo de esa puerta. ¿Violencia intrafamiliar? Por supuesto. Pero nadie había acuñado el término todavía.

Creo que mi papá tuvo una plática muy seria con el hermano de la señora, esta última no era posible de abarcar por ningún lado, así que mi padre acabó con el asunto de las visitas de Reinaldo a la casa. Mi hermano y yo estábamos muy chicos como para defendernos solos.
Lo último que supe de él fue cuando fui a visitar el condominio hace unos quince años. Trabajaba en una tienda de dulces en el mismo condominio. Él me reconoció, pero a mí me tomó unos minutos adivinar quién era ese sujeto con cara de junkie. ¡Qué pena!
Hace poco fui a la 246 y por curiosa indagué si la tienda seguía allí. La entrada está tapiada. Ignoro si él sigue viviendo en el condominio y para evitarme de nuevo la vergüenza de no reconocer a nadie, mejor ahí murió.

(Fin de la primera parte de esta entrega semanal. Comprendo la cualidad inmediata del Internet y la imposibilidad de mantener la atención de los lectores internautas, así que he decidido cortar este texto en varios episodios. Continúa “Amanda”)